Sopó se estremeció en los 50sElHablador
50s

Hace más de 50 años, en Sopó, una inesperada inundación se hizo presente; grandes cantidades de agua cubrieron las calles del pueblo convirtiéndolas en verdaderas trampas que arrasaron con todo a su paso.

El 12 de febrero de 1950 era un día soleado, despejado y tranquilo, pero en fragmentos de tiempo se convirtió en la fecha que soposeños de la época recuerdan con asombro y dolor. Las nubes se cerraron sobre el cerro de Pionono “vislumbrando el salto de Tequendama”, cuenta Jesús Rodríguez Donosso.

Se murmuraba que el Mohán, figura de la mitología y a quien le gustaba permanecer en lugares de espesos bosques, en montes, o a la orilla de los ríos, al cambiar de sitio cada 45 años, generaba en el pueblo donde habitaba, algo parecido a un diluvio; también se dice que hubo, en ese entonces, un estancamiento de agua. Y entre dichos y murmullos, aquel día, las imponentes aguas, como desafiando a la naturaleza, iniciaron su caudaloso recorrido por las calles del municipio. Fue tan magna y despiadada su fuerza que arrasó con la mitad de la antigua capilla del Señor de la Piedra, y a la vez se llevó a su paso a una joven de apellido Chauta, quien en ese momento bajaba de la montaña cargando leña. “La corriente la arrastró varias cuadras, más adelante frente a la antigua fábrica de Alpina se encontraba don Max, uno de sus dueños, quien al darse cuenta del desastre arrojó un lazo para rescatarla de la furia del agua”. Lo peor ocurrió cuando la corriente llegó, a la carrera cuarta, chocando contra las casas cercanas, una de ellas pertenecía a la familia de la señora Amelia de Acosta quien nos relató lo vivido:


“Eran las 3:30 de la tarde cuando escuché el pito del camión de Alpina y me dije, que entren al taller y saquen lo que necesiten; fue ahí donde sentí ese golpe estruendoso y pensé que el carro se había estrellado, minutos después escuché gritar a mi padrino -sálvese quien pueda-. Yo abrí la puerta y sentí que descargaron toneladas de lodo que olían a azufre y eran negras como el carbón; me asusté, entré a la casa y me encerré en un cuarto, la fuerza del agua no me dejó abrir nuevamente la puerta…” Continúa contando doña Amelia, que las mesas flotaban y la gente intentaba subirse en ellas.

El pánico que embargaba a su esposo en ese instante, lo llevó a tumbar la puerta de una patada. “La presión del agua nos botó fuera de la casa, y vi como morían mis gallinas y una cabrita que tenía”.

Esa noche, la señora Amelia durmió en la casa de unos vecinos llevando el único colchón seco que encontraron, al día siguiente se dieron cuenta que estaba lleno de culebras, gallinas, sapos y ratones muertos.

Al lado de su anécdota se encuentra la don Jesús Rodríguez Donosso, quien manejaba un camión y repartía mercados a diferentes familias del municipio. Ese 12, él iba conduciendo como de costumbre, y vio que el pueblo estaba cubierto por una nube oscura, entonces, se dirigió hacia el centro observando en sus calles chivos, cerdos, camas, zapatos, armarios, piedras de gran tamaño, y hasta borugos flotando en las turbulentas aguas. El agua entró por todos lados y empezó a inundar su vehículo, fue entonces cuando don Jesús emitió a su ayudante una orden de salvación: “empelótese mijo y échese al agua para que me guíe”, porque él no podía ver por donde iba, o mejor, a donde lo llevaba la corriente.

La inundación fue de tal magnitud que la gente lo perdió todo, sus muebles, sus animales, sus pertenencias, su dinero.

Hubo gente que permaneció con ropa prestada durante 15 días, viviendo en las pocas casas que no habían sido afectadas por el desastre.

Una inundación que hace más de 50 años afectó a los habitantes del valle de Sopó, y que con historias como estas, a través de este medio, queremos recordarlas y darlas a conocer a la población de ahora, a nuestros lectores, porque son estas historias las que enriquecen el acervo cultural de un pueblo y su gente.




Tomado del periódico El Hablador. Escrito por Carolina Cano Cassiani