Amigos del lenguaje sencilloElHablador

Insinuó un buen cantante, en una muy buena canción, que cuando el tiempo pasa y nos vamos volviendo viejos, el amor no se refleja como ayer. Y como respaldando tal premisa, los abuelos del Centro de bienestar del anciano del municipio de Sopó abrieron su corazón para hacernos participes de sus más preciadas partituras inspiradas por el amor y la amistad, sentimientos que a estas alturas de la vida hacen más llevaderos los años, y componen con sus notas dulces y amargas, una de las más valiosas melodías, titulada Tiempo.


Alvarito y su media Verónica

Ese poema lo escribí un día que amanecí con guayabo de recordar la infancia” cuenta Álvaro Adames quien muy pronto cumplirá sus 92 años y reside en el Hogar del anciano de nuestro municipio. Álvarito lee, luego escribe; comparte, luego escribe; sube aquí y baja allá; recuerda con extraordinaria lucidez cada día vivido, cada escrito consignado en hojas ya mustias y tintas ya pasadas. Al ver entonces tan sentidas metáforas, deduce, quien escribe, que de gran galantería estuvo llena su vida. Pero el pasado poco importa, el presente es lo que nos interesa, y a nuestro romántico don Juan lo inspira una seria y recatada musa, Verónica Rodríguez, una abuelita de 82 años que designa como “repelente” la idea de un noviazgo a estas alturas de la vida. “Quién dijo eso de ser novios” dice un tanto molesta “amigos, simplemente amigos” enfatiza, como repitiendo el coro de otra conocida canción, luego guarda silencio y entonces interviene Álvaro: “es cierto, somos muy buenos amigos y es que aquí hay pocos con quien yo pueda conversar, con doña Verónica hablamos, compartimos los recuerdos y hasta leemos”. Y sí, él lee a Germán Castro Caicedo mientras ella le echa una hojeadita a los Salmos. Al preguntar si doña Verónica ha inspirado alguno de sus poemas, la mira como esperando aprobación para revelar lo sentido; tras un tímido gesto de su interlocutora responde con un “no” rotundo, pero después de una pícara sonrisa la negación pierde un tanto de validéz para quien los escucha. Y es que los amores secretos también existen, aquellos que por una u otra circunstancia necesitan mantenerse en el anonimato para continuar viviendo. Tal vez no sea este el caso de Álvarito y su Verónica, tal vez yo esté imaginando a un Romeo con 75 años más, que a falta de un balcón se asoma cada mañana a la ventana de su musa a declamar con demasiado corazón, palabras simples y vocales dueñas del color de las flores.



El amor en los tiempos de sus cóleras

Yo me quiero casar con usted y punto”. De esta manera don Luis Adolfo Bernal Castillo le propuso matrimonio a doña María del Carmen Patiño cuando ella tenía 52 años y él 49. Y como amarse no tiene horario ni fecha en el calendario, la boda se realizó a feliz termino, en Bogotá, claro, porque en Sopó los sacerdotes no aceptaban la idea de un matrimonio de “viejos” como le dijeron a la pareja cuando tomaron la decisión de formalizar su unión como cristianos. La presente historia de amor no ha llegado a su fin, porque aún siguen “en junta” como dice doña Carmen. Luís y María se conocieron hace varias décadas, cuándo ella tenía 17 años y él tres menos. “Él quería que yo le aceptara el noviazgo, pero en ese tiempo yo era muy joven, entonces no le paré bolas; tiempo después a él se lo llevaron al cuartel y no lo volví a ver durante años” y sí, fueron muchos años sin verse ni saber uno del otro, más de 30. Volvieron a encontrarse en 1984, ella trabajaba en el ordeño, en la Hacienda Flores, propiedad de don Luis Rodríguez Franco. ¿Y él en qué trabajaba? pregunto. “´Él era “tractorista” responde Carmelita, como también la llaman los compañeros del Hogar. “Él ya sabía mi horario y entonces dejaba el tractor a un lado de la loma y salía al lado del camino a atajarme y me decía -yo quiero tener unos amores con usted, quiero que sea mi mujer-“ Esta es la ver-sión de María; don Luis Adolfo ahora cuenta la suya: “yo trabajaba a orillas de la carretera y ella me echaba piropos, otras veces me llevaba el almuerzo y luego se iba a trabajar. Nos veíamos en las tardes, a veces íbamos hasta Briceño y tomábamos una cerveza, luego yo la acompañaba a la casa” Finalmente después de piropos, almuerzos y una que otra cerveza Luis Adolfo y María del Carmen se hicieron novios. “Él llegaba en las noches como a las 11 ó 12, a visitarme donde yo pagaba arriendo, venía en su bicicleta y entonces entraba a escondidas para que no lo vieran; una noche se quedó conmigo y en fin…” . Y después de ese fin, o mejor dicho de ese comienzo, continúan juntos hasta ahora. “Eso fue más bien rápido“, dice Luis, “duramos como 2 ó 3 meses de novios hasta que un día le propuse matrimonio y ella me cogió la flota. Le dije: yo me quiero casar con usted y punto”. Y en ese punto levanta la voz. Porque eso sí, el genio y el carácter de estos simpáticos esposos es cosa seria. “Yo estoy feliz con él y él conmigo, lo único es que en veces es malgenioso. En veces me da cólera cuando está de mal genio” Y entonces él entra en su defensa y dice: “Ella es la del genio, a veces no se aguanta ni a ella misma, le da a uno cólera, pero yo la quiero mucho, así a veces me saque la marmaja”, ¿marmaja? pregunto. -Sí, marmaja, por no decirle usted que la piedra-. Se casaron el 9 de Febrero de 1985, a las 4:00 de la tarde recuerda Luis Adolfo. En el 2002, como sugerencia de su esposo, llegó doña Carmen al hogar del anciano de Sopó. “Mi mamá la regañaba mucho y a mi me daba tristeza, cuenta Luis, un lunes le dije, pero por “sobar” que porque no iba a Sopó para ver si la recibían en el ancianato, y pues sí, en la tarde volvió y me dijo, el viernes vienen por mí” . Dos años después llegó Luis en busca de su malgeniada pero eterna compañera. Hoy día comparten una habitación, una cama, una sola foto del matrimonio, un reloj de pilas regalo del fugaz noviazgo, una vieja grabadora donde escuchan las noticias, una ruana que ella le prestó a él y que él nunca devolvió. Comparten su genio, sus cóleras, como ellos mismos dicen. Comparten su tiempo en el breve espacio en el que están.


Un corazón bobo y una biografía internacional

Aaaay ese hombre no perdona, yo le había dicho que la entrevista era a las dos de la tarde, pero a él le da igual, salió a jugar billar y es la hora que no aparece”. Fueron las palabras de doña Soledad Zapata Sánchez tan pronto me vió. Hablaba como disculpando el incumplimiento de su gran amigo Luis Vidal. ¿Billar? le pregunto, más adelante cuando por fin tengo el gusto de conocer al hombre que no perdona ni una, él mismo me explica por qué el billar. A Soledad y Luis los acercó la humedad. Sí, la humedad de unas paredes viejas que obligaron a don Luis a cambiarse de habitación. Primero estaban en diagonal dice la queridísima señora, “luego yo pasé al frente” cuenta Luis y pues claro, entre vecinos, más me arrimo, esto lo digo yo. ¿De qué hablan ustedes doña Soledad? –Aaaay ese hombre casi no habla, ¿y eso por qué? Baja la voz y dice como a manera de un reclamo secreto -porque es un orgulloso -luego vuelve a su tono normal y cuenta, “él dice que tiene mucha plata, que a él nadie lo humilla; yo le digo aaay que deje esos cigarrillos, y él me dice -yo soy dueño de mi vida y yo hago lo que se me da la gana y nadie me tiene que mandar-. Yo a veces le llevo la idea, pero es muy voluntarioso, a veces me saca de quicio. “Lo que pasa es yo tengo un corazón bobo” dice, soy muy sensible y aquí hay gente con corazón de piedra, pero a mí no me gusta ser así; a mí me gusta compartir. -Mire yo no puedo dormir sin tomarme antes una avena, y conforme tomo mi avena, también se la doy a él, y él se manifiesta agradecido, pero es de muy mal genio-. Con tales referentes, el futuro encuentro con don Luis Vidal me puso a pensar. Imaginaba a un Shrek al lado de su adorada princesa; aunque alcancé a pensar que doña Soledad exageraba. Cuando por fin tuve la oportunidad de conocer a don Luis, después de dos días de tratar de localizarlo, confirmé que exageración no era la palabra, ella incluso, tal vez por el cariño que le tiene a su amigo, suavizó demasiado el carácter de su compañero, y entonces comencé a padecer. El día en que lo conocí, el elegante señor se encontraba jugando cartas con sus hijas, de pronto se levantó y extendí la mano a un hombre con garbo y presencia; vino a mi cabeza la imagen de un respetado gamonal, de un político de vieja data, de un liberal de los tiempo duros, vestido de paño azul y una destacada corbata roja. Extendió su mano y me apretó fuerte, después del mucho gusto, le digo: don Luis, me gustaría conversar con usted sobre… -Un momento niña, usted vaya despacio conmigo, si le sirve bien sino…- . Sino, bien puedo irme por donde llegué, pensé. Doña soledad me picó el ojo y recordé cuando me dijo -yo a veces le llevo la idea-.Y entonces continúa don Luis con su singular presencia y acusando con su mano “es que usted no sabe con quién está hablando. Yo también escribí en el Radical de Buga, soy ex – militar, fuí artillero en la aviación ecuatoriana de Quito. Yo soy una biografía internacio-nal, soy mundialista niña” ¿Mundialista? me pregunté, y él como leyéndome el pensamiento, explica: -¿sabe lo que es ser mundialista? Primer punto: es ser ex olímpico. El 6 de febrero de 1938 Bogotá estaba celebrando el cuarto centenario de su fundación. Vinieron delegaciones de 25 naciones para los juegos olímpicos, entre esos estaba Colombia, naturalmente, y allí estuve yo representando a mi país, quedé de 4to entre las 25 naciones. Qué más quiere que le diga, niña…” ¿pues en qué participó? le pregunté imitando su mismo tono. Y entonces eh aquí el flechazo final: -Pues en tiro al blanco. Soy de los mejores tiradores que ha tenido Colombia, tanto así que el 9 de abril cuando mataron a Gaitán me cogieron en Pasto para traerme a Bogotá a acabar con la gente, porque ya conocían el historial mío”. Virgen santísima, pensé, y entonces pasó por mi cabeza ya no la imagen de Shrek sino la de un Lex Luthor tratando de conquistar a la frágil Luisa. Golpea entonces el piso con un fuerte bastonazo y yo vuelvo a la realidad. Doña Soledad con voz dulce dice “¿Se da cuenta por qué le digo que es orgulloso?” y él interrumpe “Yo no soy orgulloso, soy realista, que es diferente” Cuando por fin tengo la oportunidad de comentarle al señor Vidal el motivo de mi conversación, él cambia de actitud y me dice “ Ahhh nooo, yo estimo mucho a doña Soledad, en calidad de amiga; ella dice que no ha tenido contratiempos amorosos con nadie, y yo francamente en ese lío no me quiero meter, y categóricamente mi vida no es para enamorarme. Ya tengo 90 años, y a esta edad resulta demasiado difícil ambicionar un amor placentero y por una razón muy sencilla que usted no sabe niña, los hombres nos enfermamos de la próstata”. En ese momento la tensión se rompió y las risas vinieron al lugar. Después continuó diciendo, ”ella es muy noble, muy caritativa, me da de comer todo lo que yo quiera, me prepara el jugo de naranja por las mañanas, me da un tinto, un pan, ella me mata el hambre, y naturalmente yo la estimo mucho y la respeto. Nosotros tenemos una amistad, nos damos un beso, nos consentimos, pero has-ta ahí no más. Para mí el amor es una cosa que le nace a todo ser humano, a los 30, a los 40, a los 50 años, todavía hay amor. Mire, usted está hablando con el hombre mas sano del mundo: primero, tuve 9 hijos, 7 profesionales; segundo, celebré las bodas de plata y las bodas de oro con mi señora Maruja, con eso no más me siento el hombre más orgulloso del mundo . Y tercer punto, soy mundialista” . Y entonces imitando su puntualización pregunto ¿Otro punto don Luis, ud. visita mucho el billar? -Mire, yo debo hacer ejercicio, porque un hombre a los 90 años como yo que no haga ejercicio pues se acaba muy rápido. Yo voy, pierdo o gano mis 2.000 pesos, pero hago ejercicio, ya me está fallando un poco la vista, pero eso tiene uno que irse acabando por cualquier parte hermana ¿no le parece?. Me parece, y mucho. Pero más me parece el vigor de don Luis Vidal y el cariño que manifiesta al referirse a doña Soledad, la sinceridad que demuestra al decir “ella es la mujer que me mata el hambre”; al decir lo contento que se siente compartiendo con el resto de sus compañeros del hogar: “Mi Dios me mandó a este sitio tan bueno y yo aquí la paso divinamente” . Y ahora imagino a doña Soledad y a don Luis cuando se acerca la noche; ella ofreciéndole su vaso de avena, y él agradeciéndole con fina galantería.


Porque es un buen compañero

Al preguntar a la mayoría de abuelitos ¿quién es el mejor amigo? Unos dicen que Dios y la Virgen Santísima; los otros responden a coro: Luis Carlos!!! Luis Carlos Jiménez es rolo, de familia boyacense dice, y lleva 7 años en el Hogar. Él ayuda y conciente a todo el mundo. “Yo considero, y es una cuestión personal, que le tengo paciencia a los viejitos, los quiero, es algo que me nace, no me lo impone nadie, que por qué me nace, yo viví esa experiencia con mi familia, yo cuidé a mi mamá y a mi abuela hasta que se me murieron, digamos que la vida me ofreció un curso en eso” “Amistad en este caso, dice, consiste en ayudar dentro de lo posible. A mis viejitas por ejemplo se les nota la alegría cuando uno les coge las manitos, le da su besito en la frente, en la naricita, que su mordisquito en la orejita, ellas son felices, a veces hasta me hacen el reclamo y me dicen ¿y por qué hoy no me ha dado el beso? En cuanto a mi mejor amigo, yo me aferro al amigo espiritual, pero aquí todos son amigos. Y sí, todos ellos son amigos. Amigos del Hogar, del tiempo, de los años, de la vejez, de las soledades, de los recuerdos. Alvarito Adames lo resume en una sola frase: Amigos del lenguaje sencillo.  


Escrito por Carolina Cano. Tomado del periódico El Hablador